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Versisognanti

Juntas de cobre

Los cobertizos ceden la grava
al maíz que se inclina hacia las zanjas;
aquí la provincia descorre las persianas
y deja un perro a la guarda del alquitrán.
La lámina recorta el mediodía
sin pedir peaje a la llanura.

En el vidrio queda el halo de una frente,
un círculo flaco que contiene el aliento
de quien bajó tres desvíos antes de ahora.
Quedan cáscaras de naranja en el estante,
un billete doblado en cuatro partes
que no promete ninguna llegada verdadera.

El cable aéreo azota el brezal,
recoge el cobre y lo devuelve a los postes;
se deshilacha un viñedo oxidado
entre carcazas de autos y cisternas.
No hay prisa en el mordisco de las ruedas,
sólo el peso que encuentra su riel.

Un desvío desvía hacia el patio,
vías ciegas de hierba y de traviesas
donde el óxido trabaja callado.
Nosotros procedemos rectos en el polvo,
confeccionados dentro de la penumbra,
mientras la tierra le cambia el nombre a la zanja.

Explicación

El punto de partida del poema cobra cuerpo en la experiencia común y a la vez extrañada de un viaje a bordo de un convoy ferroviario regional. El itinerario no celebra la velocidad vertiginosa o la euforia mítica de la partida, sino la cotidianeidad de una travesía a través de una provincia industrial y agrícola. El tren se convierte en un observatorio móvil que se desliza rozando los márgenes de la llanura, capturando el territorio en su dimensión más modesta y auténtica. No hay ninguna concesión al exotismo del viaje turístico: el trayecto registra la transición lenta entre manufacturas humanas y claros de vegetación terca. Esta trayectoria sobre hierro explora el sentido de transitoriedad y la soledad compartida de quienes cruzan espacios intermedios sin raíces aparentes.

Las imágenes principales se concentran en detalles materiales precisos, capaces de anclar la percepción visual a la consistencia rugosa de la materia. Destacan los cobertizos industriales contiguos al maíz, el alquitrán vigilado por un perro solitario y los cables aéreos que inciden en el espacio abierto. Dentro del compartimento, la concreción de los objetos cotidianos asume una fuerza testimonial: aparecen las cáscaras de naranja abandonadas, el billete doblado y el halo circular dejado por un pasajero ya desaparecido. Afuera, las carcazas de autos y las cisternas conviven con las filas oxidadas de la viña. Tales elementos visuales evitan toda idealización bucólica, devolviendo una topografía abrasiva, marcada por el trabajo y el abandono, donde la presencia humana se sugiere por sustracción.

La evolución del texto procede a través de cuatro movimientos estróficos coordinados. La primera estrofa establece la vista exterior, definiendo el paisaje fronterizo entre la laboriosidad periférica y el campo. En la segunda estrofa la perspectiva se retrae bruscamente hacia el interior del vagón: la atención recae en los indicios mínimos de presencias pasadas, explorando la intimidad anónima del compartimento de pasajeros. La tercera estrofa reabre la mirada hacia la línea del horizonte, registrando la interacción mecánica entre el cable tenso, el cobre de los hilos y la pesadez metálica del convoy que avanza. La cuarta y última estrofa resuelve el movimiento del viaje contraponiendo la desviación muerta de las vías muertas con la continuidad rectilínea de la carrera, que engulle a los viajeros en una penumbra compartida.

El léxico adopta un registro deliberadamente plano, seco y denotativo, desprovisto de adornos retóricos o barroquismos arcaizantes. Los sustantivos elegidos designan objetos tangibles e industriales como traviesas, grava, alquitrán, chapa, cisternas y desvíos, arraigando la dicción poética en la realidad perceptiva. Los verbos privilegian acciones materiales y directas como ceden, descorre, recorta, azota y deshilacha, confiriendo a la descripción una textura casi táctil. La ausencia de adjetivación decorativa permite a las palabras actuar con nitidez, dejando que el significado surja de la pura yuxtaposición de las imágenes. La lengua se mantiene natural y precisa, fiel al habla de un testigo lúcido que registra el cambio del paisaje sin superponerle enfases emocionales indebidas.

La estructura métrica se organiza en cuatro estrofas regulares de seis versos cada una, dominadas por endecasílabos fluidos alternados con heptasílabos y endecasílabos a maiore de amplio respiro. El ritmo secundariza la cadencia constante y metálica del vagón en marcha, evitando rimas fáciles y prefiriendo asonancias internas y consonancias discretas, como entre zanjas y persianas o entre estante y nadie. Las cesuras internas están calibradas para imitar la intermitencia visual ofrecida por la ventanilla, donde los elementos fluyen y se suceden a tirones regulares. El curso sonoro privilegia timbres ásperos, con la insistencia en sonidos dentales y vibrantes que recuerdan la fricción de las ruedas sobre los rieles y la rigidez estructural de la infraestructura ferroviaria.

El significado global de la obra radica en la toma de conciencia de la transitoriedad humana frente a la indiferencia del paisaje circundante. Los pasajeros, definidos como figuras custodiadas dentro de la penumbra, no poseen un destino trascendente sino que comparten una suspensión temporal en la que cada identidad personal se atenúa. Las vías muertas cubiertas de hierba recuerdan la presencia siempre constante del arresto y del olvido, mientras el tren prosigue su carrera necesaria. El cierre confía a la tierra la tarea de rebautizar las zanjas al paso de los límites municipales, sancionando el primado de la geografía física sobre cualquier proyecto individual de desplazamiento, mientras el viaje se cumple en la fidelidad geométrica al trazado preestablecido.

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