↓Ir al contenido
Versisognanti

La jofaina de cinc

En el patio soleado la jofaina de cinc
acogía la lluvia hirviendo de agosto,
un disco gris y cóncavo que batía los dientes
bajo el granizo repentino de los tejados.

Yo metía las manos hasta las muñecas,
pescando canicas de vidrio y algas de lodo,
mientras el olor a hierro mojado subía
como un humo frío de los terrones del huerto.

Las gallinas buscaban refugio bajo los carros
y el cielo se volvía de un violeta pesado,
casi un trapo frotado con tinta
que dejaba pelusa oscura sobre las cosas.

Queda ese fondo brillante en la retina,
una moneda falsa que no se desgasta,
el centro exacto del mundo cuando la altura
era medida por el borde de una jofaina.

Explicación

La composición nace de una inmersión subterránea en la materia de la infancia, eligiendo huir de toda tentación oleográfica o sentimental para aferrarse a un objeto de uso común y humilde. El punto de partida no es el retrato idealizado del pasado, sino la presencia física y terca de una vieja jofaina de cinc olvidada en un patio rural. Esta elección desplaza inmediatamente el eje de la evocación del plano psicológico al sensorial, transformando un simple recuerdo doméstico en una puerta temporal a través de la cual observar la percepción infantil del espacio, de la materia y de los elementos atmosféricos.

En el centro de la textura visual se coloca la concreción cruda y táctil de los elementos, lejos de cualquier estetismo decorativo. La jofaina no es solo un recipiente, sino un disco gris y cóncavo que reacciona al granizo y a la lluvia estival con una sonoridad metálica y precisa. A su alrededor giran imágenes fuertes y angulosas: las canicas de vidrio hundidas en el lodo, el olor acre del hierro mojado que sube de los terrones del huerto, las gallinas que buscan refugio bajo los carros y sobre todo el cielo de un violeta pesado, comparado con un trapo frotado con tinta. Cada detalle visual y olfativo está calibrado para devolver la densidad física de aquel fragmento de mundo.

La progresión estrófica sigue un movimiento concéntrico que desde el exterior se estrecha hacia la experiencia del sujeto. En la primera estrofa se define el escenario meteorológico y espacial, dominado por la jofaina que acoge la lluvia hirviendo de agosto y por el ritmo percusivo del granizo. La segunda estrofa introduce la acción física del niño, que hunde las manos hasta las muñecas mezclando el juego con la percepción olfativa de la tierra mojada. La tercera estrofa amplía la mirada al paisaje circundante, registrando el comportamiento de los animales y el cambio cromático del cielo que se vuelve amenazante. La cuarta estrofa, por último, realiza una síntesis retrospectiva y cierra el círculo.

El léxico adopta una lengua intensamente natural y cotidiana, depurada de cualquier arcaísmo o preciosismo académico pero capaz de una fuerte tensión lírica. Se privilegian términos ligados a la fisicidad de la materia rústica y doméstica, como cinc, canicas, lodo, terrones, carros, tinta y pelusa. No hay adjetivos superfluos u ornamentales; cada modificador tiene una función estructural y precisa, como cuando el violeta del cielo se vuelve pesado o la moneda resulta falsa pero indestructible. La sintaxis es llana, fundada en frases coordinadas y subordinadas que siguen el aliento natural del pensamiento sin forzamientos métricos o inversiones artificiosas.

Desde el punto de vista rítmico y sonoro, la poesía evita la rima consonante o asonante tradicional para confiar en un verso libre medido, predominantemente endecasílabo y afines, sostenido por una densa trama de asonancias y consonancias internas. El ritmo está marcado por pausas internas y encabalgamientos medidos que ralentizan la lectura, imponiendo un tiempo de desciframiento meditativo y analítico. Sonidos ásperos y sibilantes, ligados a las consonantes dentales y a las labiales, devuelven la dureza del granizo y del hierro, mientras que las vocales abiertas abren repentinos destellos de resonancia espacial, dando al texto una musicalidad interna que no depende de esquemas métricos preestablecidos.

El significado global de la obra se resuelve en el cierre de la cuarta estrofa, donde el recuerdo infantil se cristaliza en una metáfora visual definitiva: una moneda falsa que no se desgasta. Esta imagen reafirma el valor inestimable y al mismo tiempo ilusorio de aquel tiempo originario, cuya medida no estaba dada por los grandes espacios de la geografía sino por el borde circunscrito de un recipiente de metal. La infancia no aparece como un paraíso perdido que hay que añorar con nostalgia melodramática, sino como una escala de magnitudes y una gramática sensorial primaria que sigue sosteniendo secretamente todo el edificio de la conciencia adulta.

Más poemas